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OPINION

Las Elecciones que vienen exigen, como nunca, la Paz Social.

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Por: Aquiles Córdova Morán, Secretario General del Movimiento Antorchista Nacional

Creo que todas y todos los mexicanos supimos a buen tiempo que la opinión mayoritaria del país se inclinaba de manera clara, y en una actitud muy decidida, además, en favor del actual presidente de la República y de casi todos los candidatos que postulaba su partido. La gente estaba harta de la pobreza, la marginación y las carencias de todo tipo en que las habían sumido y mantenido los gobiernos anteriores, sin distinción de partido, y no estaban dispuestas a soportar, por ninguna razón, que las cosas siguieran igual. Exigían un cambio y estaban dispuestas a lograrlo a cualquier precio. El peligro de un estallido violento en caso de un fraude electoral se podía tocar con las manos.


El entonces candidato presidencial y actual Primer Mandatario lo sabía, él primero de todos, y así lo dijo en varias ocasiones. Todos recordamos aquel discurso ante la convención nacional de banqueros en que les advirtió que nadie debería atreverse a abrir la jaula al tigre. Si alguien se atreve a hacerlo, amenazó, me voy a Palenque y ahí les dejo el problema.

A ver quién es el bueno que haga frente a la fiera desatada (la cita no es literal). Afortunadamente, el Instituto Nacional Electoral (INE) se comportó a la altura de las circunstancias y nuestra endeble democracia funcionó eficazmente esta vez. A ello hay que sumar, por elemental espíritu de justicia, que quienes tenían en sus manos el poder y la capacidad para adulterar los resultados de la elección, también reaccionaron con madurez y responsabilidad: respetaron estrictamente la autonomía del INE y, llegado el momento, acataron el veredicto de las urnas. Así, entre todos, salvamos la paz y la convivencia de todos los mexicanos y las mexicanas que conformamos este gran país.


Hoy estamos ante un reto parecido. Se acercan las elecciones “intermedias” en las que se renovará la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, se elegirán 15 gobernadores, algunos congresos locales, presidentes municipales y regidores, las alcaldías de la Ciudad de México, etc. Estarán en juego unos tres mil doscientos cargos de elección popular, según los cálculos oficiales, razón por la que algunos la califican como la elección más numerosa y compleja en la historia reciente del país.

Sin embargo, pienso que lo que lo vuelve un ejercicio democrático difícil, complejo y peligroso, como quizá nunca antes, es el estado de ánimo social en que nos encuentra. Hoy, a diferencia de la elección recién pasada, no hay una unidad clara en torno a un partido político; más bien, la sociedad se encuentra claramente dividida y polarizada a un grado tal que, al igual que la unidad en torno al candidato presidencial de Morena en el 2018, hoy la división se puede palpar con la mano, o “cortar con un cuchillo”, según la conocida frase coloquial. Hay división en la ciudadanía. Y una división tan honda e irreconciliable que nadie con un mínimo de sentido común y de capacidad de observación la puede negar.

Lo que no está tan claro, lo que sí ofrece dudas evidentes y nos tiene que poner a reflexionar a todos, en primer lugar a los analistas políticos expertos y desprejuiciados, es lo siguiente: ¿por dónde pasa la línea divisoria actual entre mexicanos y mexicanas y de qué tamaño son los bloques separados por esa línea? En otras palabras, ¿de qué lado está ahora la mayoría y de qué tamaño es su ventaja sobre la minoría? ¿Qué tan monolíticos son esos bloques y cuáles son las probabilidades de que, al calor de la lucha electoral, crezcan unos a expensas de los otros? La importancia de la cuestión reside, según mi opinión, en que, caso de existir una mayoría del lado que sea, tiene que ser por fuerza una mayoría exigua, con una ventaja pequeña sobre la minoría que exige, por tanto, un instrumento de medición fino y ultrasensible para poder dimensionarla con seguridad y exactitud.


En eso reside, precisamente, el carácter difícil y peligroso de la próxima elección. Todos lo hemos visto y vivido varias veces en los pocos años de nuestra joven democracia: cuando las diferencias en los resultados que arrojan las urnas son mínimas, es cuando se torna más difícil hacer que los perdedores acepten su derrota; cuando se desatan con más virulencia las acusaciones recíprocas de fraude y los reclamos de triunfo por parte de ambos competidores; es cuando el terreno resulta más propicio para revelarse contra del fallo de las urnas. Afortunadamente, siempre se han hallado los caminos y los medios para salir del paso y garantizar la paz y la tranquilidad de todos.

Pero hoy las cosas pintan de otro color. La crispación social ha llegado a tal punto que hace temer al buen sentido que un fraude en la elección, o el simple desaseo en la conducción del proceso que haga creíble la acusación de fraude, desencadene las pasiones de los contendientes, desborden éstos los frágiles diques de la ley y nos arrastren a todos a un estallido violento y descontrolado cuyos daños son imprevisibles pero seguros.

Por eso hoy es más urgente que nunca que todos, pero en particular quienes tienen el poder y la responsabilidad en la conducción del país, cuidemos y midamos milimétricamente cada paso, acción y declaración sobre cuestiones electorales. Es deber colectivo preservar la competencia, respetabilidad, imparcialidad y apego a la ley de los órganos y tribunales electorales; que todos, empezando por el Presidente y los señores senadores de la República, obremos con limpieza, transparencia y apego a la ley a la hora de decidir la integración de tales organismos; que seamos muy respetuosos de su integridad y de sus atribuciones legales, sin pretender invadirlas o suplantarlas contraviniendo el derecho; que evitemos todo movimiento de piezas que pueda ser interpretado como un intento de cargar los dados en favor de tal o cual partido o candidato.

En caso contrario, estaremos debilitando la capacidad de acción, la imparcialidad y la confiabilidad del instrumento de medición de los resultados electorales y, con ello, abriendo de par en par la puerta al peligro de un estallido violento que nadie desea.

El buen sentido aconseja también la extremada responsabilidad y transparencia en el manejo de los recursos públicos y los programas de gobierno destinados al beneficio de las clases más desprotegidas del país; en el manejo del presupuesto destinado a la publicidad del gobierno; en el trato con todos los medios de comunicación, evitando favorecer solo a los amigos y castigar a los insumisos con el dinero público. Recomienda también la extremada institucionalidad a la hora de nombrar y remover a los titulares de organismos relacionados con la administración pública o con la defensoría de distintos derechos ciudadanos, garantizando que todos se comporten con la mayor transparencia y apego a lo mandatado por la ley.

Cancelar de una vez por todas las guerras mediáticas contra los opositores y disidentes políticos porque, en último término, son otras tantas maniobras ilegales para manipular y torcer la voluntad popular en las urnas. Hay que aprender a rebatir con argumentos, no con injurias.

Los antorchistas vivimos y sentimos en carne propia la intensificación de la guerra sucia en medios y redes. Vemos cómo aumenta el refriteo de viejas acusaciones falsas y cómo suben de tono las amenazas a nuestra libertad y a nuestra vida.

Dejo aquí constancia de ello porque refuerza mi opinión sobre el carácter peligroso de la elección que viene, pero también porque creo que es algo que no debe tomarse a la ligera y la opinión pública nacional debe estar advertida. Se trata de calumnias e infundios sin sustento de ninguna clase; nuestro verdadero delito es ser opositores abiertos y verticales del proyecto reformista de la 4ª T. Por eso exigimos que cesen de inmediato las intimidaciones y que se respete de modo irrestricto nuestro derecho a disentir y a participar de pleno derecho en la vida política del país.

Es del dominio público que los programas sociales de la 4ª T están enfocados hacia gente previamente seleccionada por su fidelidad al gobierno, mientras discriminan y marginan abiertamente a los desafectos o insumisos. Las pocas despensas que se han repartido con motivo de la pandemia; los famosos minicréditos a empresas micro, pequeñas y medianas; el reparto de becas y la distribución de fertilizantes a los pequeños productores del campo siguen el mismo modelo electorero.

Todo eso se ha hecho y se sigue haciendo con criterio partidista, basándolo en padrones levantados casi clandestinamente por miembros de Morena, y hoy se habla de sofisticados programas cibernéticos de geolocalización y de manipulación del voto de los beneficiarios. Esto es un delito tipificado por la ley vigente.

Se afirma también en los medios que la elección de los cuatro consejeros del INE que hacen falta, se está “cocinando” entre bambalinas para colocar gente adicta a la 4ª T. Es obvio que si eso llegara a suceder, esa institución, que ha sido clave para salvaguardar la democracia y la paz social, habrá perdido su independencia y su credibilidad y el fraude electoral quedará a la vista.

Los ciudadanos y ciudadanas responsables de este país, que somos la inmensa mayoría, no lo debemos permitir. El Presidente no tiene ninguna facultad legal para autoerigirse en guardián de las elecciones, ni puede ser garantía de imparcialidad alguna porque sus intereses electorales y partidarios están a la vista de todos.

Es un absurdo jurídico y un claro abuso de poder que pretenda ser juez y parte en los próximos comicios. También eso desnuda la intención de manipular los resultados de las urnas en la elección que viene.
A nadie conviene ni urge más que al gobierno, que las próximas elecciones se den en un clima de absoluta paz social y de plena confianza ciudadana en los órganos electorales, sin trampas ni presiones, abiertas o disimuladas, sobre los electores.

Solo así los resultados, en caso de que le favorezcan, serán aceptados y respetados por todos los actores políticos; solo así podrán gobernar en paz y con pleno respaldo de la ley y del pueblo mexicano.

Solo así podrán seguir construyendo, también en paz, su proyecto de la 4ª Transformación. ¿Es esto, acaso, mucho pedir?

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COLUMNA

Desde Lincoln’s Inn Fields: el adiós a Citibanamex

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En 2001 una noticia retumbó por todo lo alto en el mercado financiero nacional, esta fue que el grupo estadounidense Citigroup anunciaba la compra de Banamex a Roberto Hernández y Alfredo Harp por un monto superior a los $12 mil millones de dólares. Veinte años después el grupo de origen neoyorkino vuelve a dar la campanada, pero por ofertar la venta de lo que ahora conocemos como Citibanamex en su segmento de banca minorista.

En lo que llevamos de la década del 2020, Citigroup es la tercera o cuarta institución financiera que decide abandonar en parte o del todo su operación en México. A lo cual los especialistas responden que son movimientos naturales de los corporativos globales, quienes están dejando de encontrar negocio en este segmento bancario en nuestro país y prefieren apuntar a la banca patrimonial, privada y de inversión.

Mencionan también el hecho de legislaciones nuevas y esquemas menos voraces con el mercado de consumo, señalando que años atrás las comisiones eran un lucro exacerbado de la banca a nivel de calle. Viviendo ahora bajo un marco regulatorio más equitativas y hasta con dos tres intentos de control autoritario del sistema bancario, los bancos se ahuyentan al diluirse las condiciones para generar utilidad en la operación comercial.

Otra mención que hacen los especialistas al evaluar este escenario es el flujo de inversiones hacia otros mercados emergentes que superan por mucho el desempeño de la economía mexicana, encontrando oportunidades a resguardo en títulos nacionales como los que ofrece y capta el mercado asiático.

Será el sereno y pese a las declaraciones del secretario de Gobernación y de la Secretaría de Hacienda puntualizando que la venta del banco no es signo de preocupación, el momento que vivimos no da para creer en una versión confiable sobre lo que está pasando macroeconómico en el país.

Seguimos enfrentando una inflación constante que el gobierno central intenta ensombrecer con la generación de empleos superfluos e incrementos artificiales al salario mínimo. Contemos también la endeble respuesta que se ha encontrado en el alza de tasas de referencia por parte de bancos centrales y de nuevo, no dejemos de observar la cantidad de inversiones que se han fugado de nuestro territorio que alcanzan registros históricos y en el cálculo de balances, neutralizan los ingresos nuevos que además son desviados a proyectos infructuosos como el rescate de Petróleos Mexicanos. Mantengan esta cifra en mente: $500 mil millones de pesos se han ido de México en este par de años de pesadilla.

Sobre el terreno de la incredulidad se inserta esta noticia. Yo en lo personal lo lamento muchísimo ya que he crecido con Citibanamex como mi institución financiera de confianza desde el inicio de mi vida adulta-profesional. En esta institución apertura mi primera línea de crédito, entre sus servicios me enseñé a administrar un patrimonio personal y competir conmigo mismo para mejorar mi perfil de cuentahabiente ascendiendo en segmentos desde la Maestra hasta Priority, intentando afianzar una seguridad social privada ya que sé que a mí generación no le depara una cobertura razonable de seguridad social pública.

Triste, en verdad triste noticia la salida de Citigroup y el destino que le depara al Banco Nacional de México en los meses por venir. Ojalá encuentre nuevos propietarios que cuando menos, quieran darle continuidad al legado centenario de este banco. Imagino ya la migración obligada a una institución que no me genere la misma satisfacción o en el peor de los casos, este evento sirva para empoderar grupos empresariales de cuestionable ética comercial y social, que al amparo del régimen en que vivimos, están consiguiendo una expansión carente de virtud.

Adíos Citibanamex, difícilmente tu partida se podrá interpretar como signo de mejora en la deriva en que se encuentra nuestro país.

#LaCiudadqueQuiero

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