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ECONOMÍA Y FINANZAS

Mariachis en pandemia: Sobreviviendo a contagios y desempleo

La recuperación de las actividades para los mariachis ha sido lenta entre las diferentes olas de la Covid-19 en el país

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La música que flota en la Plaza Garibaldi sale de los bares y cantinas que la custodian. En la explanada sólo hay ecos y espera, notas al aire de un violín o una guitarra que ensayan para cuando llegue el momento de actuar. Y entre la mixtura de un corrido norteño y una rumba clásica, el trompetista Fernando Carmona Coronel, secretario general de la Unión Mexicana de Mariachis (UMM), dice que más de 100 mariachis han fallecido a causa de la covid-19.

“Señorita, usted no sabe porque esto nos tapa la cara, pero estamos bien guapos, rechulos. A lo mejor por eso la gente ya casi no viene, porque no nos puede ver bien”, bromea —o reflexiona— un guitarrista en traje de charro. “No viene porque la espantas, loco”, le responde un mariachi jarocho sin tapabocas.

El Economista

La voz de un compañero que canta para unos jóvenes en una pulquería les llega hasta donde ellos esperan público: Los mariachis callaron/De mi mano sin fuerza cayó mi copa. “¡No, esa no, compa, no ves cómo estamos!”, ruega el guapo a carcajadas.

A unos metros, sentado en una banca, Mariano Gutiérrez mueve la cabeza de un lado a otro; un suspiro queda atrapado en su cubreboca. “No, ya no es lo mismo después de que te pega, yo ya no canto. La ventaja mía es que toco el violín, pero hay compañeros que tocaban la trompeta o que eran de las voces principales y, pues, ¿cuál aire? Esta pinche enfermedad se lo lleva”.

Desde hace más de un año que la muerte, las secuelas físicas de la covid-19 y la falta de trabajo no se van del todo de la Plaza Santa Cecilia, o Garibaldi. Las trajo la pandemia y ha sido difícil echarlas. Poco a poco, visitantes de la ciudad, de otras entidades y de otros países han ahuyentado la desocupación y la carencia de ingresos.

“Se va componiendo poquito. Pero ya ve usted, orita no hay nada y para estas fiestas patrias no nos han contratado”, dice Guadalupe Sánchez Bustamante, una mariachi que empezó su carrera en mala época. Se unió a la agrupación familiar en octubre de 2019, parecía entonces la mejor opción de empleo que tenía esta madre soltera, pero cinco meses después comenzó la pandemia.

También Carmona Coronel tiene poco tiempo en su encargo gremial. Hace apenas dos meses que fue renovada la mesa directiva de la Unión Mexicana de Mariachis y él se convirtió en el dirigente. En esta crisis es como “la rifa del tigre”, ríe.

“Es un reto, vamos a buscar mejorar las condiciones laborales para todos los músicos” y para ello, ya hay un acercamiento con el Gobierno de la Ciudad de México. “Pediremos difusión de la Plaza Garibaldi porque el mariachi, nosotros, somos patrimonio inmaterial de la humanidad y tenemos que preservar esta tradición que es parte esencial de la vida de los mexicanos”.

En 2011, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) reconoció al mariachi como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

No hay cifras oficiales sobre el número de personas que se dedican a este tipo de música; pero, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), hay 741 agrupaciones en todo el país y ninguna se compone de menos de cinco integrantes. Es común que estén conformadas por familias.

“Tengo 23 años como músico. Mi padre es músico y mi abuelo lo fue, yo soy la tercera generación”, dice Fernando Carmona mientras endereza la postura medio encorvada que tenía, levanta la barbilla y jala, desde su pecho, la cinta de la funda de su trompeta que le cuelga en la espalda.

Pudo haber trabajado de otras cosas, porque “muchas veces tenemos otros sueños. Pero la música es algo hermoso y representar a México de esta manera es inexplicable. He tenido tantas satisfacciones en este trabajo, me siento orgulloso de lo que soy”.

Guadalupe Sánchez, a pesar del momento en que debutó, o quizá por eso mismo, ya siente ese orgullo. “¿Qué cree? Que me ha gustado mucho, no sabía que me iba a gustar tanto. Aunque cuando no hay trabajo se desanima una, pero ni modo, hay que echarle ganas”.

Ella es la segunda generación de una familia de mariachis y la primera mujer. Hace unas tres décadas inició su papá y hace dos formó la agrupación Alma Nacional de México con sus cuatro hijos varones.

Para una madre soltera, que se encarga de todos los gastos de una niña de tres años, no es fácil conseguir un empleo con cierta flexibilidad. “Mis hermanos me dijeron que viniera con ellos porque antes había trabajo y me animé, y gracias a Dios acá ando”.

Quienes laboran como mariachis suele estar en la informalidad, como el 55% de la población trabajadora en México. Por lo tanto, no tienen prestaciones, como el acceso a guardería. “Mi pequeñita la cuida mi mamá, pero ya está grande, y mi hermana, pero ella también trabaja, por eso nomás vengo viernes, sábado y domingo”.

Tampoco tienen seguridad social, lo cual implica que no pueden acceder al derecho a la salud a través del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y mucho menos del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE).

“Cuando comencé con síntomas, fui al centro de salud y me mandaron a un hospital para que me hicieran la prueba. Y fui, salió positivo, pero como no iba yo muy malo, me mandaron a mi casa. Ya luego en los siguientes días sí me sentí mal, la dificultad para respirar, sobre todo”, cuenta Mariano Gutiérrez.

Cuarenta de sus 56 años los ha pasado como mariachi. “’Esta chingada enfermedad no me va a impedir llegar a los 50 años de músico’, pensé”. Al final, y en total, gastó casi 20,000 pesos para atenderse. “Y me fue bien, porque un pariente que se enfermó gastó más de 30,000”.

En El rincón del mariachi, un bar a un costado del Salón Tlaquepaque, se oye un danzón. Quizá esta noche el DJ sea el hombre mayor que custodia la entrada, recargado en su bastón. Aprovecha que, salvo algún mesero y el cantinero, no hay nadie más. Las mesas están dispuestas y las luces moradas giran en el centro del techo, pero parece que les han dejado plantados.

La clientela se ha dividido en géneros musicales y fue a parar al Salón Tropicana o al Tenampa. “Puede pasar con toda confianza, el aforo es sólo del 80%”, intenta convencer un joven. Esta noche le tocó salir a la plaza en busca de llenar ese cupo.

Entró a trabajar al Tropicana en junio. Desde el año pasado ha fondeado de restaurante en restaurante, llevado por cada una de las olas de la pandemia. Al comenzar el confinamiento, no tardó mucho en ser despedido de una pizzería en el Centro Histórico, donde laboraba como mesero, unos meses después entró a un bar por ese rumbo y ahora llegó a Garibaldi. Y entre cada paro laboral obligado ha sido también cajero en un minisúper y “desempleado, básicamente”.

No ha tenido mucha suerte hoy, pero aún hay tiempo, dice esperanzado, “cerramos a las 4”. Al final del mes, además de sus 4,000 pesos, podría llevarse otros 2,000 por comisión.

Ojalá ese grupo de turistas que acaba de descender de un autobús, en la esquina de Allende y República de Honduras, se decida por el paquete que les ofrecerá el joven en unos minutos. La mayoría son de la tercera edad y no, su meta, desde que salieron del hotel, ha sido el Tenampa. Bueno, tendrán que hacer fila.

“Esperemos que el mero 15 se ponga mejor”, dice el joven. Pero para el trompetista Fernando Carmona Coronel “ya no hay fechas pico. Antes podíamos hablar que un 14 de febrero, 10 de mayo, 15 de septiembre, 12 de diciembre, eran días con muchísimo trabajo. Pero en los últimos años ha sido un día normal”.

La debacle, dice, comenzó con la prohibición de la venta de alcohol en la plaza en 2012. Antes de eso, los restaurantes y cantinas no eran competencia, algunas personas se iban a esos lugares a comer, beber y, por supuesto, a escuchar mariachis. Pero otras, pagaban por una canción desde la plazuela y, animadas por el alcohol y el ambiente, terminaban pagando la hora.

El año pasado muchos grupos se vieron orillados a bajar sus precios. Guadalupe Sánchez dice que la canción, de un precio de 150 pesos, la rebajaron a 120 e incluso 100 pesos, monto que se reparte entre los seis integrantes de su mariachi. “Y todavía la gente nos hacía caras”, ríe para no llorar.

La serenata a domicilio, que incluye unas nueve canciones, llegó a costar 1,800 cuando antes estaba en más de 2,000 pesos. Por una hora cobraban desde 2,500 pesos. En otra época el costo podría llegar, según el número de integrantes del mariachi y la distancia a la que tuvieran que salir, hasta 3,000 pesos.

Para conseguir estas salidas hacen guardias en la avenida Lázaro Cárdenas, desde la temprana calle de Belisario Domínguez ya están apostados algunos. Pero el año pasado la mayoría de las contrataciones dejaron de ser para animar fiestas, los requerían para musicalizar el dolor de las pérdidas por la pandemia.

“Fuimos a varios funerales, nos íbamos bien protegidos con gel y cubrebocas y no nos acercábamos mucho a la gente. O sea, que sí tuvimos mucho cuidado. Y sí me daba miedo, pero si no trabajamos, qué hacemos. Gracias a Dios no me he contagiado, a ninguno de nosotros nos ha dado y ya tengo una vacuna, nomás me falta la otra”, dice Guadalupe Sánchez.

En marzo y abril de 2020 continuaron yendo a Garibaldi. “Pero así como llegábamos, nos íbamos, sin ni un peso; entonces, mejor dejamos de venir tres meses”. En ese tiempo puso un puesto de quesadillas, tostadas y enchiladas a fuera de su casa. A mediados de agosto del año pasado volvieron a la plaza, no obstante, conservó su micronegocio de antojitos.

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