Culiacán: medio año sacudido por la ‘narcoviolencia’

En la comunidad Lázaro Cárdenas, un enfrentamiento dejó un muerto y dos heridos. En Siete Gotas, tres personas fueron abatidas, mientras en la colonia 21 de Marzo ocurrió otra ejecución. Foto Cuartoscuro


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México / Martes 1 de abril del 2025.- Culiacán, Sin., La inexperiencia de los sicarios, o el azar, hicieron que la cruz de cantera permaneciera en pie. En enero pasado, cuando se cumplían cuatro meses de la guerra entre dos facciones del grupo delincuencial conocido como cártel de Sinaloa, un artefacto explosivo voló las placas de metal que recordaban a tres jóvenes asesinados en 2008, mientras esperaban a la novia de uno de ellos en un centro comercial.

La cruz sigue ahí, entre las rayas amarillas que marcan los cajones del estacionamiento, frente a la zona de reparación de automóviles y al lado de una sucursal bancaria.

En las placas que no existen más, se leía: Siempre los amaremos, y enseguida las iniciales de tres personas: EGL, CLG y AMC.

El cenotafio, en una ciudad repleta de esos monumentos, sirve para que los dolientes honren a sus muertos y es al mismo tiempo recordatorio de otro episodio de una guerra de larga data: el que protagonizaron en 2008 las facciones de los Beltrán Leyva contra la de los entonces aliados Joaquín El Chapo Guzmán Loera e Ismael El Mayo Zambada.

La cruz fue erigida en memoria de Édgar Guzmán López, hijo de El Chapo; de su primo César Loera Guzmán, y Arturo Meza Cázares, vástago de Blanca Margarita Cázares Salazar, La Emperatriz.

Las placas con la dedicatoria no sobrevivieron a la explosión de un artefacto.

A finales de mayo de 2009, este reportero tomó una foto del cenotafio que recuerda al hijo de Guzmán Loera. Al concluir ese año, funcionarios del ayuntamiento contaban unos 200 monumentos de ese tipo. Ahora deben ser más de mil, dice un avezado reportero local.

Las ganas de vivir

La noche del malecón del río Tamazula es como cualquier otra. Vendedores en carritos ofrecen sus mercancías, algunos niños disfrutan los columpios, los corredores y los ciclistas van de un lado a otro.

La noche del malecón es como cualquier otra, salvo por un detalle: a las 9 de la noche queda desierto. En una ciudad con las temperaturas de Culiacán, lo común era que las personas tuvieran actividades al aire libre hasta la medianoche, pero desde el 9 de septiembre pasado, cuando estalló la guerra de la mayiza contra la chapiza, las cosas han cambiado. Los restaurantes cierran temprano, los cines tienen sus últimas funciones a las 7 de la noche, los antros dejaron de existir. Como ocurrió en la Ciudad Juárez del calderonato, una generación entera crece con fiestas en casa.

El encierro que deriva del miedo, como en la otra pandemia, no es uniforme. Luego de más de seis meses del estallido de la violencia, los culichis se animan a salir (o no) conforme indica el termómetro de Whatsapp, pues las alertas del gobierno estatal suelen ser tardías.

Los informes en el servicio de mensajería guían a los culichis para decidir sus actividades. Y asumir el riesgo, si se considera que la percepción de inseguridad en Culiacán, según la más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del Inegi, se duplicó en los últimos tres meses de 2024.

El fin de semana del puente, la playa de Altata estuvo llena, y vas a ver en Semana Santa, ejemplifica, con un optimismo más amarrado a sus deseos que a la realidad, un ex funcionario del gobierno estatal.

En la pandemia salíamos a cuidarnos de una enfermedad, ahora de una bala, dice, sin ningún dramatismo, el capi Rodríguez, líder de los meseros de banquetes, quien ha visto partir a un tercio de sus afiliados a otras ciudades.

El temor al fuego cruzado es el primero (los homicidios en el estado pasaron de 1.4 por día en agosto de 2024 a 5.5 en promedio durante los últimos meses de ese año). Le sigue, quizá, el miedo al robo violento. En la página oficial de la fiscalía del estado, el mapa de Sinaloa aparece lleno de puntitos rojos que representan los autos robados desde el 9 de septiembre de 2024.

Desde esa fecha han sido robados más de 3 mil vehículos, la mayoría con violencia. Según la misma fiscalía, se han recuperado 372. De esa última cifra, según reporteros locales, lo que no se dice es que los vehículos fueron abandonados por los delincuentes.

Cuidar el entorno urbano

De cuando en cuando, autoridades municipales o estatales de Sinaloa hablan de prohibir los cenotafios, porque dan mala imagen a la ciudad. Luego, vienen otras elecciones, los regidores cambian y el asunto queda en el olvido.

Por eso sigue ahí, en otro estacionamiento, muy concurrido por los cines –ahora, las últimas funciones son a las 7 de la noche, en la mayoría de las salas–, una cruz recuerda el lugar donde murieron Rodolfo Carrillo y su esposa, en septiembre de 2004.

En esta ciudad se cuenta que tras la infernal balacera un hombre visitó al administrador de la plaza comercial sólo para avisar que iban a colocar el cenotafio: No lo vayan a quitar, pidió, educadamente. Y ahí sigue.

Los cenotafios, que dan testimonio de la violencia entre facciones (aunque también los hay dedicados a personas fallecidas en accidentes de tránsito), no son los únicos recordatorios de la violencia asociada al narcotráfico.

Cualquier residente de la ciudad con disposición puede ofrecer un tour por los sitios que recuerdan los culiacanazos y sucesos posteriores.

“Por esta calle entraron los que detuvieron a Ovidio (Guzmán); eran como 40 o 50; en ese fraccionamiento lo detuvieron…”

El guía va mostrando las huellas todavía visibles de los disparos en las paredes, tremendos boquetes que la resanada no borró del todo. Y surge el recuerdo cuando aparece una calle empinada. Desde ahí un tipo disparó contra los militares, tirado al suelo, con una calibre .50.

Hay otras huellas que no tienen que ver con balazos en una pared.

Casa María es un restaurante pretencioso y con pésimo café que, a media semana, tiene apenas cuatro mesas ocupadas a la hora del desayuno. Han pasado, evidentemente, sus mejores tiempos.

El lugar era propiedad de Héctor Melesio Cuén, el cacique de la Universidad Autónoma de Sinaloa y dueño del Partido Sinaloense, enemigo y luego aliado, y más tarde nuevamente enemigo del gobernador Rubén Rocha Moya.

En tiempos mejores, Cuén y el gobernador Rocha se tomaban fotos, sonrientes, en el lugar.

En la parte trasera del restaurante hay un espacio techado que solía utilizarse para reuniones. Encima del portón, con grandes letras está inscrito el nombre del partido y, más abajo, algunos de sus postulados.

Un gran moño negro cubre una parte del portón. En agosto pasado, diversos medios divulgaron una carta atribuida a Ismael El Mayo Zambada, la famosa misiva en la que denunció que fue secuestrado.

En esas líneas también dijo que el ex rector de la UAS era su amigo de mucho tiempo y que fue asesinado a la misma hora y en el mismo lugar donde me secuestraron.

La fiscalía de Sinaloa había presentado un video que supuestamente probaba que Cuén fue asesinado en una gasolinera. La Fiscalía General de la República le enmendó la plana, pero hasta la fecha poco se sabe de ese crimen que fue el preámbulo de una guerra que parece no tener fin.

La Jornada


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